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Ayer quedó muy claro: La violencia de género es un asunto de Estado

08 nov.

Fotografia 7n
Ayer sábado se encontraron en Madrid y otras ciudades del Estado miles de mujeres y hombres con distintos acentos, con más o menos kilómetros recorridos hasta el punto de cita, pero con un objetivo muy compartido: que el tema de las violencias machistas se convierta en cuestión de Estado, que la ley de violencia de género se reforme y que se restituyan los presupuestos de Igualdad que tanto se han visto afectados por los recortes durante esta crisis.

El éxito de la convocatoria me parece indudable, y da fuerzas para seguir construyendo este mundo mejor en el que las mujeres reivindiquemos igualdad, pan y rosas, y unos servicios públicos que sea garantes de equidad y democracia. Los lemas en defensa de la sanidad pública se oyeron en todas las manifestaciones, y demuestra una vez más cómo el feminismo no puede ser una lucha de tema único.

Y recordé el primer escrito que publiqué en este blog con el título “Violencia de género sin derechos”, en un momento exacerbado de violencia machista, y pensé en el camino andado, y en lo que queda por recorrer. Juzguen ustedes:

violencia gernika“Es la primera vez, creo, que publico una entrada de este estilo. Pero como se quiere hacer creer que la violencia de género es algo nuevo, algo que ha venido con el feminismo y la emancipación de la mujer, vale la pena recordar que hubo unos tiempos sin derechos para las mujeres, y en los que pegar a la novia o a la esposa no sólo no era delito sino casi un ritual de escape para tantos hombres que nunca conseguían oler a limpio. Entre la clase obrera era demasiado el aturdimiento por el trabajo y el alcohol, y entre los “señoritos”, demasiada la prepotencia y el fascismo entrañado en la cotidianiedad de una postguerra inacabable. La minoría que en Catalunya se había pasado al bando “nacional” no sabían entender en qué habían vencido, y la mayoría republicana, bajo un silencio de granito, desesperaba entre rencores y represalias… nada de eso justifica la vesanía de pegar a las mujeres, pero entre sollozos acallados y rosarios descreidos, eran demasiadas las que se resignaban a aceptar los golpes como una válvula de seguridad que parecía impedir estallidos más temidos.

A finales de los 60 me trasladé a Barcelona, y acabé viviendo, cerca de la Facultad en la que trabajaba y estudiaba, en un entresuelo al que llegaban los olores, gritos y parloteos de unas calles que muy dolorosamente iban despertando a la ciudadanía.

Un atardecer empezó bajo mi ventana un rumor como de requiebros, de abrazos que dejan huella y besos no correspondidos. La mujer intentaba escapar con una sonrisa quebrada, con disculpas y falsos halagos, pero cada vez se hacía más pequeña bajo los manotazos, hasta que los empujones se convirtieron finalmente en cachetes y puñetazos desgranados casi con desgana, en un lento ritmo creciente… La mujer ya estaba hecha un ovillo en el suelo cuando empezaron los rodillazos y las patadas.

Abrí la ventana, pero mis gritos apenas alteraron nada. El hombre levantó la mirada turbia de odio y vino barato, y se rió. Detuvo sólo un momento sus golpes, satisfecho de que alguien contemplara su hazaña.

Fui al teléfono. Mi voz tembló en cada bucle del largo cable que me permitía seguir asomada a la ventana mientras amenazaba al hombre con que vendría la policía. Él se alzó de hombros y empezó a golpear de nuevo a la mujer, cansinamente, mientras levantaba provocadoramente la mirada.

Finalmente la voz que me atendía del 091 consintió en mandar alguien a mi calle. Sólo una última pregunta antes de que la dotación se pusiera innecesariamente en marcha: ¿Podía asegurarle yo que el hombre y la mujer no estaban legalmente casados?

 
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Posted by a 8 Novembre 2015 in Gènere

 

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