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30 años sin Manuel Sacristán… (Y seguimos en el desasosiego)

28 ag.

imageAyer se cumplieron 30 años de la muerte de Manuel Sacristán Luzón, probablemente uno de los marxistas más importantes que hemos tenido en este país de países. En Diagonal podíamos leer de Francisco Fernández este texto y su necesario recuerdo:

“Apenas una semana después de su fallecimiento –el 6 de septiembre de 1985– habría cumplido 60 años. Sacristán no es, desde luego, un filósofo mediático dentro del pensamiento crítico; tampoco se suele mencionar en las facultades de Filosofía del país; incluso, dentro de los espacios en los que militó –pienso, sobre todo, en el PSUC, en el PC y, también, en CC OO–, la memoria de su figura resulta –digámoslo así– poco cómoda. En este sentido, quienes nos hemos encontrado con su obra le debemos mucho al incasable y minucioso trabajo de edición de Salvador López Arnal, que, desde hace años, busca, transcribe, ordena y publica todo lo que produjo en vida el autor de Introducción a la lógica y al análisis formal, uno de los primeros manuales de lógica que se publicaron en España.

Si hubiera que elegir entre todo ese material un solo documento para empezar a conocer a Sacristán, creo que sería De la Primavera de Praga al marxismo ecologista. Precisamente, al final de la introducción del libro los editores explican cuál es el principal propósito de esa publicación: “Aproximar al pensamiento de Sacristán a quienes hasta ahora no han tenido la oportunidad de leer sus obras”. Ese volumen, editado e introducido por el propio López Arnal y por Francisco Fernández Buey, recopila todas las entrevistas –pocas– que concedió Sacristán, y ofrece una imagen donde se aprecian todas las aristas del introductor de Gramsci en España: su trabajo como traductor, profesor, militante, ensayista, prologuista…

Esas entrevistas, además, recogen dos etapas de la vida de Manuel Sacristán que son un buen lugar desde el que pensar y elaborar –sin beatería y sin filisteísmo– práctica política concreta. Esas etapas irían, la primera, desde finales de la década de los 60 y, la segunda, desde finales de los 70 hasta su muerte. Creo que durante ese periodo su autocrítica y práctica política consiguen enhebrar pasado y futuro para las generaciones que hemos nacido en un mundo postrevolucionario. Respecto al pasado, la situación de la década de los 70 Sacristán la vive como una doble derrota: ético-política, por un lado, y profesional, por otro; lo sabemos por un texto del propio Sacristán. La invasión o intervención –según prefiramos– de Checoslovaquia en 1968, la autocrítica al socialismo leninista y, especialmente, la consciencia de la pérdida de esperanza de las y los de abajo desembocaron en una depresión severa. A esta situación también contribuyeron las malas circunstancias profesionales que vivió desde 1956, año en que regresa a España para militar en el PSUC –después de rechazar una plaza como profesor de Lógica en la Universidad de Münster–. La evaluación que hacía Sacristán de ese época era ésta: “Si se tiene en cuenta que en los dos campos, el científico y el de la gestión [eufemismo que utiliza Sacristán para referirse a su actividad política], la situación es de ‘derrota’, no parece que haya de ir a buscar muy lejos la explicación de la situación presente. Importa que me aclare en qué consiste esa ‘derrota’”.

Respecto al futuro, a finales de la década 1970 –después de una autocrítica radical del socialismo “realmente existente”–, Sacristán realiza una reformulación del proyecto emancipatorio a partir de los “nuevos problemas sociales”: el feminismo, el ecologismo, el pacifismo y el antimilitarismo. La revista Mientras Tanto es la cristalización teórica de ese replanteamiento “sacristanesco”. El nombre de la revista es un homenaje a Giulia Adinolfi, a quien únicamente se suele recordar como la compañera de Manuel Sacristán. Sin embargo, ella fue la fundadora principal de Mientras Tanto y una de las feministas más importantes del siglo XX que hemos tenido en la península.

Uno de los objetivos de Mientras Tanto era, según proponía el propio Sacristán en la primera carta de la redacción, “dejar sosegada la casa de la izquierda (o sea, evitar el sectarismo) y poner el acento en el análisis de lo social, no en las controversias restringidamente políticas”. El autor de El orden y el tiempo, en una de sus últimas conferencias, “Sobre la tradición marxista y los nuevos problemas”, señalaba que el denominador común –o, dicho en terminología gramsciana, el centro de anudamiento– de todos esos nuevos problemas era “la transformación de la vida cotidiana y de la consciencia de la vida cotidiana”. ¿Qué sujeto político podría efectuar tal transformación, tal “cambio”? Sacristán nos dejó esta respuesta: “Un sujeto que no sea ni opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador, tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión”.

Manuel Sacristán fue un marxista excéntrico por una infrecuente combinación –como recordaba Francisco Fernández Buey– entre un fuerte compromiso ético-político y un espíritu metodológico antiideológico; por su forma abierta y autocrítica a la hora de estudiar la tradición marxista; por la vena libertaria de su marxismo. Y de esta manera lo expresó: “No se debe ser marxista; lo único que tiene interés es decidir si se mueve uno o no dentro de una tradición que intente avanzar por la cresta entre el valle del deseo y el de la realidad, en busca de un mar en el que ambos confluyan”.”

 
 

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