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Cuando no queden ciudadanos, sólo habrá súbditos

02 gen.

Alegoría_de_la_República_EspañolaA partir de un magnífico texto de Rafael Argullol publicado en El Pais en estos días de poca lectura y menor reflexión, quisiera salvar para este blog algunas de sus ideas relevantes. El título, “sin crítica no hay libertad”, dice mucho, pero se queda por debajo de la ambición de la denuncia. Juzguen ustedes mismos, porque prescindo de las circunstancias en las que el autor se apoya para plantear el núcleo del debate: la posibilidad de un régimen formalmente democrático en una sociedad de ciudadanos que no son libres.

Estoy de acuerdo con Argullol en que parece difícil que exista una comunidad libre sin armas críticas que aseguren el mantenimiento de la libertad,  pero aporto en contrapartida el gran y potente aldabonazo  de las movilizaciones desde la base en defensa de los derechos cívicos, de las enormes mareas que han teñido las ciudades más importantes de España en el 2012. De no ser por mareas convertidas en tsunamis liberadores, convendría que es imposible que nuestra ciudadanía,”poco menos que analfabeta porque no posee instrumentos críticos”, pueda sostener una democracia. Sólo el mantenimiento de la insumisión, las movilizaciones con causa tan enraizada en los derechos humanos, y el fortalecimiento en nuestra propia dignidad  frente a los espejuelos de la caridad que nos ofrecen como alternativa las damas de las gaviotas que salen una vez al año bajo palios cuestores, puede poner en cuestión el triste panorama que el autor pronostica.

Yendo a la literalidad de sus palabras. “El problema no es, por deficiente que sea, la “escuela”, como, con notable estulticia, se proclama cada vez que el Gobierno de turno quiere hacer una reforma educativa, sino, más bien, la montaña sumergida del iceberg cuya punta visible es el sistema educativo: es decir, la llamada “vida pública”, con los representantes políticos a la cabeza, y lo que podemos llamar “vida privada” de unos ciudadanos que, sin capacidad crítica, devienen meros súbditos. (…)

En la llamada “vida pública” aprendemos a forjar el analfabetismo educativo. Hay algo peor que la corrupción, y es la ignorancia autosatisfecha. Si es siniestro que los aprendices de ciudadanos —los jóvenes estudiantes— comprueben que las responsabilidades supuestamente ejemplares han recaído en individuos reprobables, aún es más destructiva la generalizada exhibición de incultura que se realiza en todos los ámbitos. Poca confianza puede generar, desde luego, que un presidente del Tribunal Supremo sea acusado de corrupción, que un exdirector del Fondo Monetario Internacional sea imputado o que un expresidente de la Confederación de Empresarios sea encarcelado, por citar solo los casos más recientes de una cadena interminable, pero, ¿qué decir del desprestigio de la cultura en los tres poderes que sostienen, o deberían sostener, la arquitectura democrática?

El lenguaje lo aclara todo, y lo denuncia todo. ¿No sería un milagro tener una “escuela” excelente teniendo los Gobiernos y Parlamentos que tenemos? Es decir: hablando como hablan. Cualquier indicio cultural está férreamente excluido del lenguaje de nuestros políticos, quienes con saña y entusiasmo se dedican a elogiar a los propios y a vituperar a los ajenos con metáforas toscamente futbolísticas, cuando no con giros verbales que denotan un viraje, pero hacia atrás, en el sentido de la evolución humana. ¿Y no sería igualmente taumatúrgico gozar de una “escuela” amante de la razón y de la argumentación cuando, en la escena del tercer poder, comprobamos la retórica literaria de nuestros jueces, por lo general un galimatías de tal envergadura que parece que Aristóteles y Descartes no hayan existido? Toda arbitrariedad es posible —aun no queriéndola— cuando uno no sabe lo que se dice, el único gran estilo que circula por nuestra “vida pública” y que hace cómplices a gobernantes, legisladores y magistrados.

Es, por así decirlo, el estilo tertuliano, basado en el grito, el sarcasmo y la impunidad. ¿No sería, por eso, igualmente mágico que tuviéramos una “escuela” intelectualmente rigurosa en un país literalmente cautivado por las tertulias radiofónicas y televisivas, las cuales, con pocas excepciones, son ollas de grillos en las que triunfa el más gritón, o el que se figura más gracioso, o el que aspira a mayor impunidad? Lo más llamativo de este predominio del estilo tertuliano sobre el estilo crítico es que el contagio, lejos de circunscribirse a la “vida pública”, ha alcanzado también, y de lleno, a la “vida privada” y, en consecuencia, el sectarismo, la parodia y la miseria cultural se han convertido en moneda de uso corriente.

Y aquí puede hurgarse en la herida más profunda: ¿no sería prodigioso poseer una “escuela” que iniciara a los jóvenes en el cultivo de la libertad de conciencia y en el respeto de la verdad cuando en los medios de comunicación y entretenimiento, o en la calle, o en el transporte, o en casa, las conversaciones están dirigidas al desprecio de lo libre y a la destrucción de lo íntimo? ¿Cuáles son los estímulos que el aprendiz de ciudadano recibe para inclinarse hacia el rigor en el esfuerzo, hacia la reflexión, hacia la libre elección de las cosas? Pocos, muy pocos, porque ese aprendiz, fuera de la muy deficiente “escuela”, está más rodeado de súbditos que de ciudadanos.

(…) La falta de una arraigada tradición humanista e ilustrada, por causas históricas bien conocidas que el franquismo acentuó, no ha sido contrarrestada con eficacia en la vida pública española, de modo que se han sucedido reformas educativas que no solo no han contribuido a la mejora de la educación sino que no han servido para la consolidación de una ciudadanía libre. Y, sin esta, todo el edificio democrático es una casa vacía.” (…)

Se me ocurre un final distinto -pero que exige enorme esfuerzo-  para contraponer al pesimista diagnóstico de Argullol: Aceptar en colectivo  y de forma continuada el nuevo reto que consiste en defender lo público que nos ha hecho crecer como ciudadanía y personas  (enseñanza, sanidad, ayudas a la dependencia, políticas amigas de las mujeres…)   y, además,  practicar el sano ejercicio de la insumisión razonada, con un profundo desprecio y constante denuncia a la mentira y la corrupción institucionalizada.  Ocupar todo el espacio público con valores y actitudes solidarias para que podamos, con formas alternativas de propuesta y de vida, empezar a construir y llamar democracia a lo que realmente lo es. Para que sea imposible que alguna vez, en un retorno al pasado demasiado cruel e inhumano –como quieren los defensores de las tinieblas–  los súbditos reemplacen de nuevo a una ciudadanía desalojada por la sinrazón de la fuerza, la estafa impune y la mentira repetida, de la vida pública.

 

One response to “Cuando no queden ciudadanos, sólo habrá súbditos

  1. Lluís

    2 gener 2013 at 14:55

    La reflexión de Argullol me parece oportuna y necesaria, aunque sobre su autor tenga una opinión más crítica. Recuerdo la lectura de su antiguo texto sobre estética “La atracción del abismo” que me cautivó, aunque luego sus posiciones políticas no siempre me han seducido tanto. Sin embargo es una voz a tener en cuenta y de lectura obligada, tal como se desprende de este artículo.

    En tanto que ex-trabajador de la educación pública comparto sus observaciones: uno asiste al desmoronamiento del edificio educativo, después de lo cual es todo el aparato democrático el que sufre, como en un terremoto. En la misma medida en que el desmantelamiento del modelo sanitario implica una merma grave y aguda de los valores de lo público y finalmente de lo democrático

    Quizás he empezado el año con una visión negativa del paisaje, aunque sigo creyendo en la insumisión y sus resultados. Sea como sea deseo que este 2013 sea un año interesante para el debate y sus consecuencias. Y para este blog y su autora.

     

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