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Manuel Menor habla de Wert y las cosas bien hechas

07 des.

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El amigo Manuel Menor me mandó hace unos días este texto “adaptado” del básico que corre por la red:

Despés de un breve paréntesis interglacial (Riss-Würm), el período glaciar WÜRM, del Pleistoceno, está entrando en una fase de conjunción recidiva con la sub-fase WERT, paralela al cambio climático general y del cuarto período glaciar… (sembrado por la OCDE y la CEOE). La mutación que se prevé es mucho más que estructural y no se puede hacer nada: la geología es la geología. Nuestro destino estaba escrito en el corazón de las TIC y no nos habíamos dado cuenta. Mira si no el teclado de tu ordenador: (Q) WERT (Y) y observa cómo esa preciosa “E” (de “España”, mi “querida España nuestra…”) lleva incrustada ya una fatídica “€” del condicionante Euro, determinante de todo desvelo reformador.

Como verás, todo esto viene de muy atrás…. de mucho antes de la gloriosa Ley General de Educación de 1970 y, por supuesto, de la no menos querida LOGSE…… Debíamos habernos dedicado a la mineralogía o a la meteorología: hubiéramos estado más acertados. Por algo había tanta añoranza melancólica incrustada en las circonvoluciones cerebrales de los simios más excelsos: el “Homo antecessor” de Atapuerca ya tenía depresiones con el curriculum…., demasiado moderno para las culturas líticas.

Y hoy, en tono mucho más serio, recibo este artículo suyo:

          La LOMCE y las cosas bien hechas

 
Manuel Menor Currás

Puesto que de lo que se trata es de “mejorar” el sistema educativo, no vamos a recelar que la LOMCE esté hecha con la sana intención de dejar este aspecto de la vida colectiva en una posición muy mejorada respecto a cómo sus gestores actuales lo recibieron. Teniendo en cuenta, por otra parte, que entre las proclamas del Sr. Rajoy, está la de buscar “las cosas bien hechas”, no cabe desconfiar tampoco de que lo que  este proyecto de ley que presenta Wert, venga a ser el canon de lo que, a sus ojos y a los de quienes le sustentan en el cargo, deba ser la “buenaeducación”.

El habilidoso y locuaz ministro ha sido capaz de desviar nuestra atención hacia la cuestión lingüistica catalana, como si ese fuese el centro de su propuesta y en ese pulso quisiera dejar clara una firme determinación de sacar adelante sus extraordinarias ideas sin que nos enteráramos bien de cuáles fueran ellas. Contando, además, con el auxilio indudable de la aquiescencia absoluta de las doce autonomías en que gobierna su partido, ha podido orquestar perfectamente que esta propuesta de ley tiene todas las características de una buena ley, que acabará poniendo orden y sentido donde sólo hay incongruencia y desatino. He seguido con atención qué decían en la nueva TVE al respecto y me quedé demasiado informado de que era una buena ley y de que, salvo la oportunidad del asunto lingüistico –que algún tertuliano de 24 horas veía incoherente en ese momento de los avatares políticos, día cuatro de diciembre de 2012-, no merecía sino asentimiento. Digo mal: uno de los contertulios sí sabía de qué iba la ley, pero su voz quedaba aislada y, con el tiempo y espacio muy limitados, quedó como una flor exótica ante los otros cuatro participantes. En los kioskos, el amplio eco que tiene desde ese glorioso día el calificativo “imprescindible”, aplicado a este proyecto, es igualmente extenso, en proporción similar. Una coincidencia que recuerda bastantes salas de profesores en que he estado, donde toda discrepancia con la socorrida apreciación rutinaria de qué mal está esto, qué desastre de clase acabo de sufrir, era de inmediato sofocada. Digo “era” en tiempo pasado, meramente porque desde hace veinte días he pasado el limbo de los jubilados, no porque estime que la sociología del profesorado actual se haya vuelto de repente coherentemente crítica con los fallos estructurales que tiene el sistema educativo español. En todo caso, cuesta creer que los derroteros de “buenaeducación” que estos días tienen tan ocupados a los medios –a contrapelo de lo que suele suceder en este  sector informativo- sean tan apasionantes, capaces de oscurecer y eclipsar logros anteriores que los especialistas –y la propia OCDE- suelen reconocer al breve tiempo transcurrido desde los setenta y ochenta para acá.

Desde la legitimidad democrática que le da a Wert el respaldo de una mayoría parlamentaria y al margen de cómo la estén usando y de qué otros medios o triquiñuelas se estén valiendo para imponer -que no dialogar, consensuar o pactar, sus planteamientos-, lo que cabe, ante todo, a la ciudadanía en general es tratar de percatarse de cuáles sean las pautas de “mejora” que propone este ministro.  A sabiendas de que la verdad o calidad de un proyecto no depende de la cantidad de votos –libres o condicionados- que lo sustentan. A todo ciudadano le conviene racionalizar lo que ahora se está anunciando como “mejora” del sistema educativo de sus hijos, y más cuando, a todas luces, parece que vaya a ser norma de la educación española en poco tiempo. Este ejercicio, por otra parte, si pudiera estar libre de argumentaciones ad hominem, ayudaría en la responsabilidad compartida que tenemos todos de hacernos cargo de los aciertos, pero también de las inoportunidades y equivocaciones que pueden caer sobre el presente-futuro de toda la sociedad española.

Es curioso que, en educación, todo el mundo sepa más que nadie, incluso ahora mismo en que tantas dudas nos asaltan hacia casi todo. Prueba fehaciente de ello es la enorme altura científica que –en asuntos educativos- se reconoce a los reunidos en la mentada Conferencia de las Autonomías, donde el ministro dio muestras de lo mucho que sabe de “educación”. Seguramente por eso nos hemos ido enterando sobre la marcha de sucesivos borradores de este proyecto hasta el momento mismo de su acomodaticia y superficial casi aprobación definitiva en esa sesión, previa a su tránsito-debate-o-lo-que-fuere en el Congreso. El diccionario que usan en este Ministerio actual para decir que ha habido “diálogo”, “aportaciones valiosas” y “debates previos” en torno a un “libro blanco” o un “diagnóstico” coherente y contrastado, debería ser conocido por todos: la manipulación de estas palabras exige, al menos, un Ficcionario, apto para calificar lo que vaya a suceder con esta ley en su tránsito por la Cámara Baja.  Por otro lado, si habían llegado en la época de Gabilondo a pactar un 70% de cuestiones básicas -como han reconocido algunos participantes de ambos bandos-, ni sabemos qué tanto por ciento de aquello se traduzca actualmente en esta última edición de proyecto LOMCE, ni menos, por qué se hubiera abortado aquella iniciativa. Cabe deducir, pues, que la primera característica de la “buenaeducación” que se propugna ahora tenga que ver, ante todo, con el secretismo ministerial (y autonómico), capaz de dirimir por sí mismo, sin luz ni taquígrafos, qué sea conveniente para votantes y no votantes.  Ello nos sitúa –en términos históricos- en pleno “despotismo ilustrado”, anterior a la Revolución Francesa o, si lo prefieren, en desarrollos políticos poco homologables con la democracia.

Este anacronismo nos lleva a otro que, si en todos estos años de presunta transición no hemos sabido obviar, ahora se acentúa aún más. En Mayo de 2011, José María Maravall contaba a ESCUELA: “Cuando llegué al Ministerio, en la primera visita que me hicieron los obispos me trajeron unos textos en unas hojas de papel cebolla: habían redactado decretos, con todo el articulado completo, a los que solamente faltaba mi firma; claro, se fueron sin ella” (nº 3907, pg. 35). Cuantos hayan vivido atentos a todo lo ocurrido hasta hoy saben que nunca se han ido del entorno del poder político. Lo de los “valores éticos y morales” versus “religión”, la supresión de la esquelética “Educación para la ciudadanía” (LOE) –o “para la convivencia”, que se decía en vísperas de la LOGSE-, la separación-subvención de niños-niñas como signo de prestigio, las maniobras para potenciar subvenciones a las escuelas FERE-CECA y CECE, la instrumentación de la “demanda social” por parte de CONCAPA, junto a la inestimable ayuda estratégica de ministros y consejeros cualificados, son elementos concurrentes en la letra y molde “espiritual” de este proyecto legislativo –no todo es mera tecnocracia. Como lo que pautó el Vaticano II pronto se les quedó en letra muerta, pugnan por revitalizar el paradigma del Vaticano I y Pio IX. Más todavía, ¿por qué no volver al Concordato de 1851? La época de Bravo Murillo tiene, además, muchos nostálgicos en este Gobierno: “orden, paz y propiedad” todavía puede ser lema de un gobierno de  registradores y allegados. La bendición de la jerarquía católica es lo que más necesita el sistema educativo para “mejorar” su “eficiencia”.

A su vez, esto nos remite a otra característica definitoria de este proyecto en que “las cosas bien hechas” pasan por reconocer a la Naturaleza lo que por sí misma da, con los desajustes y desequilibrios que, en cuanto a la vida humana en sociedad, comporta si no se pone en valor la intervención cultural… y política. Oyendo lo que dicen nuestros gestores actuales de la educación y leyendo lo que en la LOMCE quieren legislar respecto a reválidas, itinerarios educativos y variadas cuestiones curriculares concernientes al qué y cómo enseñar en un centro -y con qué grado de exigencia, como si todos los críos llegaran en iguales condiciones ”naturales” aptas para el proceso de aprendizaje-, se le viene a uno al recuerdo una intervención de Romero Robledo en 1902, apenas iniciándose nuestra limitada legislación social: “No es verdad que las clases obreras vivan en la estrechez y en la miseria… ¿Es que creéis, por ventura, que los salarios no bastan a satisfacer sus necesidades?… ¿De qué viven sino del exceso de salarios –en Madrid y en otras partes, en la industriosa Cataluña-, cafés, tabernas, tiendas, sitios de recreo, a los cuales no van las clases acomodadas?… Si esos sobrantes de salarios se consagrasen al ahorro y no a la dilapidación en el consumo, se mejoraría la situación de las clases trabajadoras” (Diario de Sesiones del Congreso de Diputados, 25/ 04/ 1902, nº 20, pg. 22).  Pues qué quieren que les diga: hacia ahí volvemos también con la “buena educación” que aquí y ahora se proyecta. Como si no hubiera pasado nada en estos últimos 110 años tan complicados.

Estamos aprendiendo en carne propia de la vulnerabilidad de muchas conquistas sociales, también en la educación pública. La situación es especialmente propicia para que crezca la idea de que no es rentable mejorar a la sociedad en cuanto a exigencia compasiva  con sus elementos más vulnerables. Abundan, incluso, quienes consideran más provechosa la destrucción de los espacios públicos prestigiosos de que, a trancas y barrancas, nos habíamos dotado. Quienes patrocinan esta LOMCE –a punto de entrar en el Congreso como una las “cosas bien hechas” de este Gobierno- no debieran olvidar los motivos egoístas que indujeron a la creación de las primeras leyes sociales y, después de 1945 -en la Europa de postguerra- al pacto del “Estado de Bienestar”. El último baremo del CIS de ayer mismo sacaba a relucir que el 52,5% de los españoles consultados estaba poco o nada satisfecho con la Constitución, al tiempo que seguía destacando de manera muy relevante a los políticos como problema. Galbraith les preguntaría premonitorio: Con esto “¿se puede hacer que el futuro sea más seguro y mejor para todos” (Una sociedad mejor, 1996, pg. 27).

Madrid, 6/ 12/ 2012
 

 
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Posted by a 7 Desembre 2012 in Serveis Públics

 

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