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Albert Recio: autopista de servidumbre

09 abr.

En 1944 Friedrich Hayek publicaba Camino de servidumbre, un libro fundamental para el pensamiento antisocialista. Su argumento básico era que la planificación y la propiedad pública eliminaban las bases de la libertad humana y tendían a convertir a las personas en meros siervos de algún tipo de Estado totalitario. Éste ha sido desde siempre uno de los iconos intelectuales del pensamiento neoconsevador y neoliberal. En gran parte, la contrarrevolución neoliberal tuvo bastante éxito en explotar una idea reduccionista de libertad humana como base para obtener legitimidad y hegemonía cultural.

No voy a entrar aquí a discutir todo el razonamiento de Hayek, pero la reflexión sobre la actual reforma laboral, y el conocimiento de lo que también está ocurriendo en muchos países con políticas neoliberales, me han llevado a repensar el tema. Un análisis de las formas de dominación humana en las economías precapitalistas permite reconocer una elevada gama de situaciones en las que un grupo de individuos ha coaccionado al resto, les ha impuesto sus intereses, los ha obligado a una actividad laboral excesiva, les ha coartado sus acciones, les ha vulnerado su dignidad. Alguna de estas formas de dominación han tomado la forma de una relación entre individuos y Estado, como el trabajo forzado en los imperios orientales o en las colonias del siglo XIX. En otros, sin embargo, esta relación se ha basado fundamentalmente en una relación personal, aunque claramente predeterminada por un marco institucional externo, como es el caso de la esclavitud (una relación amo-criado), la servidumbre feudal (una especie de “contrato” entre un señor y un vasallo) o gran parte de las relaciones patriarcales, siempre mediadas por relaciones familiares (en algunos casos incluso camufladas por algo que tiene tan buena prensa como el amor). Los liberales antisocialistas tienden a confundir la servidumbre sólo con las variantes del primer tipo, pero suelen ser insensibles a las que existen en las relaciones privadas. Posiblemente porque ello les conduciría a reconocer que también en las relaciones laborales capitalistas se da una nueva forma de servidumbre, camuflada bajo un contrato de trabajo estrictamente privado.

El grado de servidumbre en las economías capitalistas reales ha variado con el tiempo en función de la lucha de clases, de las regulaciones públicas, de las oportunidades de escapar a una relación indeseable (el pleno empleo es siempre una oportunidad para relajar la dependencia). Por ello las peores condiciones laborales, las dependencias más personales, se producen en aquellos contextos locales en los que un patrono controla todos los resortes del poder local (basta leer a un novelista conservador como Torrente Ballester para aprenderlo).

En los últimos años, las contrarreformas laborales aprobadas en muchos países —especialmente en los anglosajones pero también en otros— bajo el camuflaje de la flexibilidad, la globalización y la competitividad, han tendido a reforzar la dependencia personal de muchas personas (en el argot económico, algunos autores hablan de la aparición de mercados “monopsónicos” u “oligopsónicos”), con sindicatos debilitados o inexistentes, con leyes que dan mucha manga ancha a las decisiones empresariales, con empleados sometidos a un temor permanente al despido, con el uso de técnicas de chantaje emocional.

Vista desde esta perspectiva, la contrarreforma laboral en marcha constituye una clara autopista a la servidumbre, pues, más allá de medidas concretas, lo que realiza es una donación masiva de poder a los empresarios. Un poder que reduce los derechos individuales, fracciona la acción colectiva, acalla mecanismos de voz e impide la actuación de árbitros externos. Al final, reduce la relación laboral a una dependencia personal en la que únicamente prima la voluntad del empresario, su mayor o menor condescendencia y buena fe (siempre ha habido amos mejores y peores). Y ya sabemos por experiencia que son las personas sometidas a relaciones más personalizadas las que tienen peores condiciones de trabajo y son más reacias a defender sus derechos. La nueva ley laboral es una auténtica autopista de servidumbre. Y, como tal, la debemos reconocer. Porque están en juego varios de los elementos básicos del viejo programa emancipador: la igualdad, la libertad y la fraternidad.

Apunte del Cuaderno de Depresión 8 de Mientras tanto

Albert Recio es uno de los autores de ACTÚA que sale el día 12. Forma parte de la mesa que presenta el libro en Barcelona, en la FNAC de Illa Diagonal el viernes 13, a las 7 de la tarde.

 

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