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No hay piedad para el “capital humano”

10 set

Un ejemplo más del interesado abuso del lenguaje consiste en hablar de “capital humano” en vez de referirnos a las capacidades intelectuales de cada persona, a su potenciación y desarrollo. De manera más simple y cívica, a que las políticas deberían atender a la formación y educación de las personas, de forma íntegra, para conseguir que sea más plenamente humana la Humanidad. Por el contrario, poniendo el énfasis en la palabra “capital”, se supedita lo humano a las necesidades de producción y se considera la enseñanza poco más que una inversión que debe rentabilizarse en mano de obra cualificada al servicio de los capitales financieros, industriales, mercantiles.  Angel Ferrero, en un brillante artículo, habla de cómo con el nacimiento de la industria aseguradora forjó esta visión en el siglo XVII, pero acaba ofreciéndonos otro aspecto, mucho más descarnado, del concepto.  El “capital humano” parece haber invadido, más allá del cerebro, los órganos vitales susceptibles de venta: en los tiempos descarnados que vivimos, el “capital humano” es también “tráfico de órganos”. Lo explica Ferrero en la parte final de su artículo, y éste es el fragmento de su texto que me parece especialmente interesante:

(…) “Todo es capital. Las personas –el “capital humano”– emigran de los países pobres a los ricos llevando su supuesto “capital intelectual” –aunque, como recuerda Elmar Altvater, «a los capitalistas humanos les resulta imposible liquidar su capital humano e invertirlo en otras áreas, pongamos por caso, en fondos inmobiliarios. A lo sumo pueden cometer el delito de “fuga de capitales” y emigrar»–, pero resulta que su “capitalización” también se ha extendido entre tanto a su integridad como personas, convirtiéndose en “capital humano” en el sentido más crudo y más literal del término.

La historia la publicó el semanario Der Spiegel este verano y resulta difícil de leer hasta para los estómagos más curtidos. Un empresario del estado federado de Renania-Westfalia, del que no se ofrece más que su nombre de pila, Walter. Debido a complicaciones renales Walter hubo de comenzar a someterse a diálisis, un proceso que, con el trascurso del tiempo, empeoró su estado de salud. Más o menos por aquel entonces la familia de Walter vio en televisión un reportaje sobre el tráfico de órganos. Y aquí empieza de verdad la historia. Los familiares de este empresario renano pensaron que quizá ahí estuviera la solución para su anciano padre. Una idea bastante peculiar, porque a ninguno de sus hijos se le ocurrió donar su propio riñón en una demostración de altruismo y amor filial (de hecho, según una encuesta reciente sólo el 30% de los alemanes está dispuesto a donar órganos). Tras un par de llamadas telefónicas los hijos de Walter consiguieron ponerse en contacto con la reportera, quien, haciendo gala de esa moral que tanto honra a la profesión periodística, les entregó sin muchos problemas de conciencia el contacto de uno de los traficantes de órganos entrevistados. En julio de 2008 Walter se subió con sus familiares a un avión con destino a Estambul, donde se reunió con un mediador israelí, y desde allí partieron juntos en una avioneta con destino a Priština, la capital de Kosovo. En esa misma avioneta viajaba el “donante” de este truculento negocio que unió a dos personas que procedían de países, culturas y, sobre todo, clases sociales diferentes, que no hablaban el mismo idioma y que nunca llegaron a conocerse realmente.

Esa otra persona era Vera Schevdko, una trabajadora de la limpieza israelí de origen ruso. Schevdko, como muchos judíos rusos, emigró a Tel Aviv esperando encontrar una vida mejor y se encontró pronto superada por el elevado coste de la vida en Israel. Divorciada, madre de una hija adolescente de la que hacerse cargo, las deudas no tardaron en comenzar a acumularse. En la primavera de aquel año vio en una parada de autobús un anuncio en ruso que buscaba “donantes de riñón” prometiendo una elevada recompensa a cambio, y un número de teléfono. Tras darle muchas vueltas finalmente llamó. El hombre al otro lado del aparato le prometió 10.000 dólares, de inmediato y en efectivo. Después de reunirse con el contacto, Vera aceptó a donar su riñón y se sometió a varias pruebas médicas para certificar su estado de salud. Días después recibió una llamada y acudió al aeropuerto, donde le esperaba el mediador, sin conocer el destino del vuelo. Tomaron un vuelo a Estambul y desde allí a Priština, donde, reunidas las partes contratantes, viajaron en automóvil hasta una clínica en los suburbios propiedad de un urólogo alemán llamado Manfred Beer. La “transacción” tuvo lugar rápidamente. Vera Schedvko despertó de la anestesia, se le entregó el sobre con el dinero y fue despachada sin demora a su país. Con el dinero saldó algunas deudas, pero el imparable encarecimiento de la vida en Tel Aviv hizo que se agotase rápidamente y volviese a la casilla de salida, pero con un riñón menos. Walter, el empresario renano, vivió sólo otros cinco años antes de morir de un cáncer de piel. No puede decirse que sea un negocio redondo, pero es un negocio multimillonario. Las redes criminales lo tienen fácil: personas como Vera Schevdko, que viven en la pobreza e ignoran las consecuencias de la operación, no escasean. De hecho, gracias a la crisis se trata de un negocio floreciente y con numerosas ramificaciones: el pasado mes de febrero la policía ucraniana descubrió casualmente un cargamento de huesos y tejidos humanos metidos en congeladores en un minibús. Los restos humanos en sobres y cajas venían acompañados de los correspondientes informes forenses traducidos al inglés. Su destino, como finalmente se descubrió, era una factoría en Alemania propiedad de RTI Biologics, una empresa estadounidense que se dedica a transformar esos restos en implantes dentales además de “reciclar” los tendones y los tejidos de personas fallecidas para trasplantes y otras operaciones médicas. Las autoridades ucranianas sospechaban desde hacía tiempo que los tejidos y huesos se extraían con regularidad de los cadáveres sin el consentimiento de los familiares. Quien crea que la capitalización del ser humano se limita a los países de Europa oriental y Asia debería echarle un vistazo a las hemerotecas: el pasado mes de abril Víctor Grifols, presidente y consejero delegado de Grífols –una multinacional farmacéutica especializada en hemoderivados, lidera el sector en Europa y desde 2006 cotiza en bolsa– propuso en una conferencia en la escuela de negocios ESADE la legalización de la donación de plasma. «En Estados Unidos tenemos 147 centros de donación, en épocas de crisis, si pudiéramos tener centros de plasma podríamos pagar 60 euros por semana, que sumados al paro son una forma de vivir», dijo Grífols. Con la propuesta de Grífols de sacarle, literalmente, la sangre a los trabajadores y desempleados de España se rompería el actual sistema universal filantrópico de los bancos de sangre españoles y se abriría la puerta a la legalización en España de la venta de órganos para trasplantes, rompiendo también nuestro sistema publico gratuito en base a donaciones.

También es un negocio altamente profesionalizado: los mediadores de órganos ofrecen a sus clientes “paquetes” por hasta 160.000 euros en los que está todo incluido, desde los costes del viaje y la operación hasta los sobornos para que las autoridades policiales y sanitarias hagan la vista gorda. Los “donantes” sólo reciben una pequeña fracción de esa suma, que en países como la India o Bangladesh se reduce incluso a sólo 750 euros. «El mundo del tráfico de órganos se reduce a un esquema muy simple», escriben los autores del artículo. «Hay países importadores y países exportadores: Israel, Arabia Saudí, los Estados Unidos y Canadá pertenecen a los países importadores. China, India, Filipinas, Egipto y Moldavia a los países exportadores. No hace falta ser miembro de Attac para ver en el tráfico de órganos una parábola de los desequilibrios de poder mundial: los órganos se trasplantan de pobres a ricos, de gente con piel negra o atezada a gente de piel blanca.» Los receptores regresan a sus países de origen, donde los médicos no plantean muchas preguntas y la atención sanitaria, por lo general privada, les está garantizada. A los “donantes”, por el contrario, no les espera una buena vida: la atención médica escasea, las posibilidades de infecciones y hemorragias post-operatorias son elevadas. Ése fue el caso, por ejemplo, de Yilman Altun, un joven turco de 23 años cuya camisa comenzó a teñirse de sangre en el control del aeropuerto de Priština el 4 de noviembre de 2008. Los médicos del aeropuerto que lo atendieron certificaron que la herida procedía de un trasplante de riñón reciente. Siguieron la pista y llegaron hasta la clínica de Beer donde se encontraba el receptor, un israelí de 74 años. Así fue como llegó a descubrirse el caso.

El tráfico de órganos tiene también una dimensión política. El caso de la clínica de Priština está bien documentado por Jonathan Ratel, un fiscal que llegó a Kosovo en el 2010 como miembro de EULEX, la misión de la Unión Europea que tiene como objetivo la construcción de un estado de derecho. Lo que EULEX encontró en Kosovo es, como es notorio, cualquier cosa menos un estado de derecho. Según las investigaciones de Ratel, en la clínica de Beer se han trasplantado de 20 a 30 riñones a clientes multimillonarios. El cirujano responsable, Yusuf Sönmez, apodado por la prensa como “Dr. Frankenstein”, ha declarado, no sin cierto orgullo colegial, haber trasplantado 2.200 riñones en total (además de Kosovo, se cree que este tipo de clínicas ilegales operan también en Kazajstán y Chipre), y se jacta de haberlo hecho a un ritmo industrial. Si el sistema ha podido funcionar tan bien es porque cuenta, por supuesto, con la complicidad de los médicos y autoridades kosovares. Lufti Dervishi, uno de los implicados en esta red criminal, contaba en Kosovo con excelentes conexiones con el círculo gubernamental, reuniéndose incluso con el ministro de Sanidad. El primer ministro kosovar, Hashim Thaçi, uno de los antiguos líderes del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK), aparece en un informe elaborado por Dick Marty para el Consejo Europeo como uno de los cabecillas del “grupo Drenica”, una red acusada de haber asesinado a prisioneros serbios para vender sus órganos en el extranjero, una acusación que corona un negrísimo expediente en el que figuran también su participación en redes de narcotráfico, extorsión y asesinatos por encargo, nada de lo cual pareció amedrentar a los principales patrocinadores del estado kosovar, Estados Unidos y Gran Bretaña.

Y si el caso ya resulta de por sí –no nos andemos con eufemismos– repugnante, aún hay neoliberales, como el indio R. R. Kishore o el ya mencionado Víctor Grífols, que intentan justificar con toda suerte de sofismas este negocio criminal y acusan a los críticos de “hipocresía” y “paternalismo”. La venta de órganos, sostienen, podría equipararse con la prostitución, y debería ser en consecuencia perfectamente legal, pues incluso ayuda a mejorar la situación económica de estas personas. Si el paralelismo con la prostitución es a todas luces exagerado, nada más lejos de la realidad que la vida de las víctimas de las redes de tráfico de órganos en realidad mejore. Como recuerdan los autores del artículo del semanario, se han llevado a cabo encuestas en los arrabales de la India, Bangladesh, Egipto o Filipinas entre los “donantes” de órganos y los resultados hablan por sí solos: la mayoría se queja de que su vida no sólo no mejoró, sino que empeoró desde entonces. La mayoría de “donantes” pensaron que la venta de un riñón les ayudaría a salir de la pobreza, pero en realidad terminó por encerrarlos para siempre en ella: el dinero se agotó en cuestión de semanas y, faltos de un riñón, los hombres –pues en su mayoría son hombres– no pueden ejercer ya varios trabajos o desempeñar los más duros. En la mayoría de países se enfrentan a la exclusión social y están peor considerados que las prostitutas. Un “donante” anónimo moldavo habló de cómo el resto de hombres del pueblo se burlaban de él llamándolo “medio hombre”. Probablemente jamás encuentre esposa y muera antes de cumplir los cuarenta y cinco. No hay piedad para el “capital humano”.”

Visto en Sin Permiso

 
5 comentaris

Posted by a 10 setembre 2012 in Salut

 

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5 responses to “No hay piedad para el “capital humano”

  1. Elena Martín Alcón (@helenamartinal)

    10 setembre 2012 at 11:12

    Es tan escalofriante , que parece ciencia ficción pero ya se que
    que la realidad siempre la supera .Tengo que hacer cada día verdaderos
    esfuerzos para no tirar la toalla , animándome y leyendo cosas y denuncias
    como las que tu escribes . Resistiremos ?

     
  2. Zana

    10 setembre 2012 at 19:23

    Me sumo a lo que Elena Martín ha dicho: escalofriante.

     
  3. elunwentoamarillo

    11 setembre 2012 at 23:28

    Reblogged this on Elunwentoamarillo's Blog.

     

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