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En el primer triste aniversario de la “constitucionalización” de la desigualdad

02 set

Hace un año publiqué este post. Hoy que se cumple el primer triste aniversario de que el sistema financiero pusiera su bota sobre la Constitución Española, observo con tristeza su vigencia. Estábamos avisados…. Luego vino Rajoy con sus promesas (todas rotas) de un mundo mejor, y desde un mundo de gaviotas-buitres especialmente desgraciado en el que sólo cabe la indignación… y a ratos, para respirar mejor, un poco de humor, como el de El Roto, tan amargo como inteligente.

La “constitucionalización” de la desigualdad y la crisis política

Lo que estamos viviendo en estos días en España con la reforma de la Constitución demuestra hasta qué punto la crisis ya no es solo económica o financiera, sino política. La concentración de las rentas y la riqueza en pocas manos ha provocado la perversión de la democracia, porque los grandes poderes económicos determinan –aunque pueda significar su propia destrucción—las reglas de la economía. Por absurdas que éstas sea, como un límite de endeudamiento que nadie cumple…. Cuando significan simplemente la creación de un coto de desestabilización privado para que los grandes capitales puedan jugar más libremente a la ruleta rusa.

Hace poco afirmaba Robert Reich en su blog que las desigualdades están arruinando la economía. No puedo estar más de acuerdo. Tanto la sociedad de los Estados Unidos como las de la mayoría de países miembros de la UE se empecinan en combatir la equidad y han conseguido ser cada vez más desiguales. Dice Reich, por ejemplo, que en base a datos suministrados por la agencia Moody’s, el 37 por ciento de todas las compras de los Estados Unidos las hace sólo el 5 por ciento de los estadounidenses con los ingresos más altos. Un 5% de población supone el 37% del consumo… ¿se dan cuenta los políticos de lo que esto significa?

Por ejemplo, en términos de sueldos y salarios o de ingresos de los trabajadores por cuenta propia significa que las personas con un trabajo asalariado y un salario más o menos digno, y las que dependen de un pequeño negocio, no tienen suficiente poder adquisitivo para mantener la economía en marcha. Hasta hace poco, ante la degradación de las condiciones salariales, habían recurrido a su tarjeta de crédito o a pedir prestado al banco, pero ahora esto acabó, significando en muchos casos el cierre de establecimientos, la pérdida de vivienda, deudas de por vida, y en resumen, mostrando los pies de barro de ese estrato social que se quiere llamar “clase media” para ocultar su necesidad de vender su fuerza de trabajo, su capacidad de trabajar y su dependencia a unas condiciones de trabajo y salario que se han hundido tanto como los ingresos de las propias familias.

Es un relato que termina mal, muy mal, porque quienes podrían rectificar las políticas persisten en el error. Y a estas alturas ya no vale pensar que se trata sólo de una equivocación de doctrina o de políticas económicas. La saña con que hunden las políticas keynesianas (prohibiéndolas constitucionalmente, tal como ya las expulsaron de la Unión Europea con los últimos Tratados y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y ahora de la Constitución española) no va sólo contra los servicios públicos, que ya de por sí sería muy grave. Va contra la creación de puestos de trabajo y las políticas de empleo, lo que significa más y más desigualdad, la imposibilidad de recuperación y por tanto –y sé lo que me digo– contra la posibilidad de un retorno hacia sociedades más estables, menos bárbaras y más democráticas.

La economía no se recuperará mientras no se hagan políticas que reviertan el grado de desigualdad social. Y sólo podrá conseguirse si –como enseñó Keynes—se “socializa” este dinero improductivo y contaminante que recorre el mundo provocando más desestabilización desde los brotes paranoicos de las Bolsas a los acaparamientos en los mercados de futuros; desde las especulaciones de alimentos y materias primas que significan la muerte a gran escala para las poblaciones más débiles, hasta el atesoramiento del oro, de metales preciosos y el acaparamiento de algunas divisas… Movimientos destructores impulsados por la consecución de unos beneficios que escapan a los impuestos y alimentan la desigualdad, la precariedad, las enfermedades.

Algunos grandes magnates parecen haberse dado cuenta… ¿No les da vergüenza a los políticos que algunos millonarios de Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia, les digan que se han pasado rebajándoles sus impuestos sobre la renta y el patrimonio y que deben reformar el sistema impositivo para contribuir más? Esos pocos privilegiados sí se han dado cuenta de que con las políticas absurdas del neoliberalismo peligra todo el sistema económico, y peligran por tanto también sus privilegios.

Y es que algunos saben historia, y otros no. Nos recuerda Reich que si miramos atrás, al periodo entre 1918 y 1933, y lo comparamos con la recesión que, en mayor o menor medida, estamos padeciendo desde 1981 hasta la actualidad, hay un patrón que se repite: la desigualdad de rentas fue la máxima en los dos periodos de crisis – se desaceleró el crecimiento, los salarios medios se estancaron y vinieron las mayores crisis. En cambio, en el periodo que va de 1947 y 1977 los salarios en conjunto crecieron más, se entró en un círculo virtuoso en el que una “clase media” cada vez mayor tenía mayor capacidad para consumir más bienes y servicios sin un endeudamiento excesivo, se crearon más y mejores empleos, y el sistema económico capitalista funcionó sin acrecentar (al contrario, disminuyendo) las desigualdades.

Michael Moore lo contó de manera excepcional en el texto “El día que murió la clase media” en el que denuncia la falta de solidaridad entre trabajadores. Les invito a que lo relean ahora, cuando es fundamental entender que sólo con la unidad de todas las personas que se reclaman de las izquierdas se puede empezar a construir la potente resistencia necesaria contra la desigualdad y la barbarie.

 

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